CRONICA DE UN TACNEÑO, DEL PERÙ, PARA EL MUNDO
"Solo puedes ser universal, si eres local"


Por: Fredy Gambetta
Conde de la alameda por la Gracia de Dios
Tacna, 17 de enero del 2009
 

A CATALINA, CON AMOR (XXX)

Hace unos días, Catalina querida, en el centro de la ciudad me abordó una linda chiquilla, veinteañera ella, para preguntarme, de sopetón, qué era lo primero que veía en una mujer. Yo dije, con la frescura que me caracteriza, cuando me siento bien, que las piernas. ¿Y luego?, preguntó con candor, dije que el pompis, para emplear un jerga moderada. ¿Y después?, volvió a preguntar mi bella inquisidora, pues dije, libre como los pájaros, que los pechereques. O sea, nuevamente, con el perdón de los benevolentes y castizos dioses, me permití emplear una jerga cuasi juvenil.

Mis respuestas han causado, como era de suponer, varias reacciones, y algún revuelo,  pues se transmiten en un programa que parece tener una relativa audiencia en la televisión local.

Los mayores, la gente más o menos de mi edad, me han dicho que cómo se me ocurre contestar de esa manera, con ese desparpajo. Qué soy una persona que debe guardar las formas, qué soy un hombre dedicado a la promoción de la cultura y que esto y aquello.

Los jóvenes, veinteañeros, que tienen la edad de mi encantadora entrevistadora, me han dicho “buena don Fredy, así se dice ¿o querían que usted contestara que les miraba primero los ojos?”. Juventud franca, limpia, sincera. Como decía Basadre, esta juventud es mucho más sana que la nuestra, tiene menos complejos, menos traumas, no se inhibe.

Muchos de los viejos criticones no ocultan la lascivia, que les sale por los ojos cuando pasa al lado de ellos una muchacha pero no lo reconocen en público, jamás. Hacerlo iría contra sus cánones y se expondrían al qué dirán. Felizmente yo, a mi edad, después de haber combatido en mil batallas, con buena y mala suerte, me siento más allá del bien y del mal. Para los años que me quedan atesoro solamente los rayos de sol que alumbren mi otoño. No en vano viven en mí, en armonía perfecta, un niño y un poeta. Y a otra cosa.

En uno de mis libros, NUEVA CRONICA DEL TIEMPO VIEJO, dedico un capítulo a la capilla del cementerio de Tacna que fue consagrada el 27 de octubre de 1907 por Monseñor Ramón Ángel Jara, Obispo de San Carlos de Ancud quien, previamente, tuvo que pedir permiso al Obispo de Arequipa, Fray Mariano Holguín. Era Presbítero de Tacna don José Félix Andía, cura muy querido por su feligresía y que, pocos años más tarde, fuera expulsado por los chilenos junto a todos los sacerdote peruanos.

El altar de la capilla fue dedicado a la santísima Virgen María, Madre de Dios, bajo el título de Reina del Carmelo.

En el Acta de Consagración, redactada y firmada por el Obispo de Ancud, éste deja constancia que “… hemos colocado en el sepulcro del ara consagrada dos pequeñas reliquias de los Santos Apóstoles y Mártires San Pedro y San Pablo de cuya autenticidad estamos ciertos por haberlas obtenido en la ciudad de Roma”.

O sea que en el altar de la centenaria capilla del cementerio de Tacna se encuentran reliquias nada menos que del Padre de la Iglesia, San Pedro, que es también el patrón de la ciudad, y de San Pablo. Sobre este asunto he preguntado a sacerdotes y a los parroquianos y nadie lo conocía.

Hace algunos días en mis soliloquios, que son frecuentes, pues, como te he dicho Catalina, ya el buen Antonio Machado decía que el hombre “que habla solo espera hablar a Dios un día”, me acuerdo de Azorín y de su prosa diáfana, que viene de “manantial sereno”. Azorín me enseñó a escribir. Y pese a que los exquisitos niegan hogaño al maestro de la Generación del 98, un excelente y erudito escritor, como lo es Mario Vargas Llosa, le dedicó el discurso de ingreso a la Real Academia Española de la Lengua que fue contestado nada menos que por don Camilo José Cela, Premio Nobel de literatura.

Pero también he tenido otros maestros y maestras. Una de ellas fue la periodista peruana boliviana Elsa Arana Freire que ha fallecido en. Ella vivió muchos años en Calaceite, una zona del Teruel, Cataluña, España. A ese pueblo, que algo debe tener, se retiran a vivir escritores, artistas, periodistas de nota. El más ilustre vecino de Calaceite fue otro de mis favoritos, el novelista chileno José Donoso, muerto hace algunos años. Precisamente Elsa Arana Freire formaba parte del grupo de amigos del ilustre escritor que orilló siempre el boom de la literatura. No sé porqué lo orillaría cuando, en mi concepto, tenía igual mérito que los originales integrantes.

En mis años adolescentes esperaba, domingo a domingo con ansias, la llegada de la revista 7 DIAS DEL PERU Y DEL MUNDO, suplemento del diario LA PRENSA, que dirigía don Pedro Beltrán Espantoso, Ministro de Hacienda, en el segundo gobierno del Presidente Manuel  Prado Ugarteche,  y representante de la  derecha peruana.

Elsa Arana Freire dirigía aquel suplemento que yo devoraba. Leía con interés sus resúmenes de libros. Gracias a ella tuve, por primera vez, como lo tuvo la mayoría de peruanos, noticia  de las primeras obras de Mario Vargas Llosa y de otros escritores que ella comentaba con enjundia, gracia, sin pedantería alguna. Era una mujer culta que escribía claro. Escribìr con claridad es una virtud de los inteligentes. No en vano había ganado el premio de la Sociedad Interamericana de Prensa y el Premio María Mors Cabot, uno de los más prestigiosos que se otorgan a los periodistas. Nunca pensé que algún día tendría que escribir unas líneas para recordar a Elsa Arana Freire, que  abordó “la nave que nunca ha de tornar”. Nos estamos quedando solos.

 

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